Introducción terapéutica

Cuidar el cuerpo.

Hay una forma de belleza que no busca ser mirada.

No pretende conquistar, seducir ni responder a la expectativa de nadie. No nace de preguntarse «¿cómo me verán?», sino de algo mucho más íntimo: «¿cómo quiero tratarme hoy?».

Durante demasiado tiempo, una parte de los cuidados de belleza femeninos ha estado atravesada por una lectura patriarcal del cuerpo: estar atractiva, conservar la juventud, gustar, disimular aquello que envejece, corregir lo que supuestamente sobra, esconder lo que ya no responde a determinados cánones. Como si el cuerpo femenino estuviera permanentemente expuesto a una evaluación.

Pero podemos recuperar esos mismos gestos desde otro lugar.

No arreglar el cuerpo para ofrecerlo a la mirada ajena, sino cuidar el cuerpo porque es el lugar donde sucede nuestra vida.

Me interesa mucho esa diferencia.

Porque una crema puede ser simplemente una crema. Pero también puede convertirse, durante unos minutos, en una manera de decirle a la piel: te noto, te atiendo, no paso por encima de ti.

Peinarse puede ser una obligación apresurada frente al espejo o un pequeño ejercicio de presencia. Elegir una ropa bonita puede obedecer a la necesidad de aprobación o al placer de rodearnos de colores y tejidos que nos hacen sentir bien. Un perfume puede intentar dejar una huella en los demás o convertirse en un paisaje íntimo que nos acompaña durante el día.

El gesto puede ser aparentemente el mismo.

Lo que cambia profundamente es desde dónde lo hacemos.

El cuerpo al que solo escuchamos cuando protesta

Hay algo que observo con frecuencia y que también reconozco como profundamente humano: a menudo solo prestamos verdadera atención al cuerpo cuando deja de obedecernos.

Mientras responde, lo damos por supuesto.

Le pedimos que se levante, camine, trabaje, cuide, conduzca, piense, sostenga, resuelva, duerma poco, aguante demasiado y vuelva a empezar al día siguiente.

Y mientras cumple, apenas lo escuchamos.

Hasta que un día se cansa. No responde como antes. Duele. Se ralentiza. No puede. Enferma.

Y entonces, de repente, toda nuestra atención se dirige hacia él.

Es curioso que podamos convivir durante décadas con nuestro cuerpo y establecer con él una relación basada casi exclusivamente en su rendimiento. Mientras funciona, silencio. Cuando falla, preocupación.

A veces tratamos al cuerpo como si fuera un empleado invisible al que solo llamamos al despacho cuando deja de producir.

Mi propuesta es otra.

No quiero esperar a que mi cuerpo enferme para preguntarle qué necesita. No quiero escucharlo solamente cuando grita. Quiero aprender a percibir también sus susurros.

Quiero establecer con él una relación constante, consciente y amorosa. Una relación que no dependa únicamente de que algo vaya mal.

Porque cuidar el cuerpo también significa acompañarlo cuando está bien.

Sentirlo cuando camina. Agradecerlo cuando descansa. Atender su cansancio antes del agotamiento. Percibir el placer del agua sobre la piel, la comodidad de una ropa agradable, el alivio de quitarse los zapatos, el hambre, la saciedad, la necesidad de silencio, de movimiento, de contacto o de reposo.

Quizá una relación verdaderamente amorosa con el cuerpo empiece precisamente ahí:

cuando dejamos de necesitar que nos duela para recordar que existe.

El cuerpo también necesita ser escuchado

Vivimos extraordinariamente volcadas hacia fuera. Pensamos, resolvemos, organizamos, atendemos, contestamos mensajes, trabajamos, cuidamos, anticipamos.

Y mientras tanto, el cuerpo espera.

Habitamos nuestro cuerpo durante toda la vida y, sin embargo, podemos pasar días enteros sin encontrarnos verdaderamente con él.

Por eso me gusta pensar algunos rituales cotidianos de cuidado del cuerpo como pequeñas ceremonias de regreso.

El agua sobre la piel. El olor limpio después de la ducha. La textura de una crema extendiéndose lentamente. El cabello entre las manos. Una prenda agradable sobre el cuerpo. Unos pendientes elegidos porque nos gustan. Un poco de maquillaje, si nos apetece. Una fragancia que reconocemos como nuestra.

Nada extraordinario. Y precisamente por eso, importante.

Cuidarse no siempre necesita grandes decisiones. A veces consiste simplemente en dejar de tratarnos con prisa.

Los olores, las texturas, la temperatura del agua, el contacto de nuestras propias manos con la piel tienen una dimensión sensorial que solemos infravalorar.

El olfato mantiene una relación especialmente estrecha con sistemas cerebrales implicados en la emoción y la memoria. El tacto agradable, la respiración tranquila, la temperatura confortable y los rituales conocidos pueden formar parte de experiencias corporales asociadas a la calma y la seguridad.

Pero no necesitamos convertir cada gesto en una explicación neurocientífica para comprender algo que el organismo reconoce perfectamente:

no es lo mismo ser manipulado que ser cuidado, ni siquiera cuando las manos son las nuestras.

El espejo como lugar de encuentro

Quizá uno de los lugares donde más necesitamos transformar nuestra manera de relacionarnos con el cuerpo sea precisamente el espejo.

¿Cuántas veces una mujer se coloca delante de él y comienza inmediatamente un inventario? La arruga. La flacidez. Las ojeras. El peso. Las manchas. El cabello que ya no es el mismo. Aquello que antes estaba de otra manera.

El espejo acaba convirtiéndose así en una especie de tribunal doméstico ante el que comparecemos cada mañana.

Me gustaría proponer otra posibilidad:

hacer del espejo un lugar de encuentro y no un lugar de juicio.

Mirarse sin engañarse, naturalmente. Pero también sin agredirse. Especialmente con el paso de los años.

Porque quizá llega un momento en la vida en que la belleza deja de consistir en parecer más joven y empieza a consistir en estar profundamente reconciliada con la mujer que nos devuelve el espejo.

No se trata de abandonarse. Tampoco de luchar desesperadamente contra el tiempo.

Existe un territorio intermedio mucho más interesante: cuidar lo que cambia sin declarar la guerra a lo que envejece.

Ponernos crema sobre una piel de sesenta o setenta años no tiene por qué significar que deseamos una piel de cuarenta. Puede significar simplemente que esa piel, precisamente porque ha vivido, merece nuestras mejores manos.

El cuerpo que envejece no necesita menos amor porque haya perdido juventud; quizá necesita más delicadeza porque contiene más historia.

Adornarse también puede ser un lenguaje

Hay algo profundamente humano en adornarse.

Lo hemos hecho durante siglos y en prácticamente todas las culturas: colores, tejidos, joyas, flores, perfumes, pigmentos, peinados.

Adornarnos no tiene por qué significar convertirnos en objeto. También puede significar celebrar que estamos aquí.

Unos labios discretamente pintados. Un pañuelo bonito. Un perfume. Una crema cuyo olor nos gusta. Una joya pequeña. Las uñas cuidadas. El cabello arreglado.

No porque alguien vaya a mirarnos. Incluso —y esta sería una buena prueba— cuando sabemos que no vamos a ver a nadie.

¿Cómo te cuidarías si hoy nadie fuera a verte?

La pregunta me parece importante porque separa dos territorios: el de la exhibición y el de la intimidad.

Tal vez algunos de los cuidados más verdaderos sean precisamente aquellos que nadie verá: la crema que ponemos en nuestros pies antes de dormir, la ropa agradable que elegimos estando solas, el perfume que utilizamos aunque no salgamos, el cabello que peinamos sin esperar ninguna mirada.

Lo que haces por ti cuando nadie te mira revela una parte muy íntima de la relación que mantienes contigo.

La belleza sin exceso

Defender el cuidado del cuerpo no significa convertirlo en un proyecto interminable de perfeccionamiento.

Ahí aparecería nuevamente la trampa: más productos, más tratamientos, más exigencia, más vigilancia, más miedo a envejecer, más comparación.

No.

Me interesa una belleza mucho más serena. Una belleza que conoce la medida.

Que utiliza la cosmética sin convertirse en esclava de ella. Que puede maquillarse sin esconderse. Que disfruta de arreglarse sin necesitar estar impecable. Que agradece determinados tratamientos sin convertir cada arruga en un enemigo.

Cuidarse no es corregirse constantemente.

Quizá incluso podamos establecer una diferencia sencilla: cuando el cuidado nace del rechazo, nunca parece suficiente. Cuando nace del afecto, sabe detenerse.

La constancia también es amor

Hay otra palabra que me parece fundamental cuando hablamos del cuidado del cuerpo: constancia.

No necesitamos esperar a sentirnos especialmente inspiradas para cuidarnos.

Hay una forma silenciosa de amor que consiste simplemente en repetir determinados gestos: lavarse, hidratar la piel, cuidar el cabello, atender los dientes, mover el cuerpo, descansar, vestirse con cierta intención, elegir un olor agradable, revisar aquello que necesita atención.

Día tras día. Sin solemnidad.

La constancia convierte pequeños gestos en una forma de relación. Porque finalmente somos también aquello que repetimos.

La delicadeza repetida acaba construyendo una manera de tratarnos.

Y quizá ahí reside lo verdaderamente transformador de estos pequeños rituales: durante unos minutos dejamos de relacionarnos con nuestro cuerpo como una herramienta que debe funcionar y comenzamos a relacionarnos con él como algo vivo que merece consideración.

Del aseo al ritual: cambiar la calidad del tiempo

Hay una diferencia entre hacer algo y estar presente mientras lo hacemos.

Podemos ducharnos pensando en la reunión de dentro de una hora. Podemos ponernos crema mientras miramos el móvil. Podemos peinarnos repasando mentalmente todo lo que tenemos pendiente.

El cuerpo recibe el producto, sí. Pero nosotras apenas hemos estado allí.

Por eso, cuando hablo de convertir determinados cuidados en rituales, no estoy proponiendo añadir más obligaciones a nuestra vida. Propongo exactamente lo contrario.

No añadir más tiempo, sino dar más calidad a algunos minutos que ya existen.

Sentir conscientemente el agua. Reconocer un aroma. Extender una crema sin violencia. Cepillar el cabello con suavidad. Elegir nuestra ropa preguntándonos qué nos apetece llevar. Mirarnos durante unos segundos sin buscar inmediatamente aquello que queremos corregir. Respirar. Estar.

Quizá eso sea también cuidar el cuerpo: devolver presencia a gestos que la costumbre había convertido en automáticos.

Tal vez cuidarse sea decir: sigo aquí

Me gusta imaginar el cuarto de baño, el tocador o el espejo no solamente como lugares funcionales, sino como pequeños espacios de intimidad.

Cerrar la puerta. Bajar un poco el ritmo. Sentir el agua. Oler el jabón. Extender lentamente una crema. Peinar el cabello. Elegir qué queremos ponernos. Mirarnos.

No para examinarnos. Para reconocernos.

Quizá haya días en los que ese encuentro dure veinte minutos y otros en los que apenas podamos dedicarle cinco. No importa demasiado. Lo importante es la cualidad del gesto.

Porque hay una enorme diferencia entre mantener un cuerpo y cuidar un cuerpo.

Mantenerlo pertenece a la obligación. Cuidarlo introduce presencia.

Y cuando la presencia se acompaña de ternura, incluso los gestos más pequeños adquieren otra profundidad.

Por eso quisiera rescatar los cuidados de belleza de dos extremos que me parecen igualmente empobrecedores: la obsesión por la apariencia y la idea de que preocuparse por ella es necesariamente superficial.

Entre ambos existe un territorio precioso.

El territorio de una mujer que no necesita convertirse en escaparate ni renunciar al placer de sentirse bonita. Que se adorna sin disfrazarse. Que se cuida sin perseguirse. Que envejece sin abandonarse. Que puede mirar sus imperfecciones sin convertirlas en defectos morales. Que comprende que su cuerpo no está obligado a permanecer joven para seguir siendo digno de atención, sensualidad, belleza y cuidado.

Y quizá alguna mañana cualquiera, mientras extendemos una crema sobre nuestro rostro, podamos recordar algo que la velocidad de la vida hace demasiado fácil olvidar:

ese rostro no es solamente el que ven los demás.

Es el rostro desde el que hemos mirado el mundo.

Esos ojos han llorado y se han maravillado. Esa boca ha besado, discutido, reído, callado y pronunciado palabras importantes. Esas manos han acariciado, trabajado y sostenido otras manos.

Ese cuerpo ha enfermado quizá alguna vez, se ha recuperado otras, ha sentido placer, cansancio, miedo, deseo, fuerza y fragilidad. Ese cuerpo nos ha llevado hasta aquí.

¿Cómo no tratarlo con delicadeza? ¿Cómo esperar a que enferme para prestarle atención? ¿Cómo pedirle durante años que nos sostenga sin establecer también nosotras una relación de cuidado con él?

Quizá el verdadero ritual de belleza empiece justamente en ese instante.

Cuando dejamos de preguntarle al espejo: «¿Todavía soy suficientemente bella?» y empezamos a preguntarnos:

«¿Estoy cuidando con amor a la mujer que vive dentro de este cuerpo?»

Porque quizá la belleza más profunda no consista en detener el tiempo.

Quizá consista en mantener una relación amorosa con nuestro cuerpo mientras el tiempo lo transforma.

Escucharlo antes de que grite. Cuidarlo antes de que duela. Agradecerlo mientras responde. Acompañarlo cuando deja de hacerlo.

Y comprender, finalmente, que el cuidado del cuerpo no es una frivolidad cuando nace de la conciencia.

Puede ser una forma cotidiana, silenciosa y profundamente íntima de decirnos:

estoy aquí, este es mi cuerpo, esta es mi vida y quiero habitarla con delicadeza.