La terapia no es un antibiótico

La responsabilidad en la terapia.

Sobre la impaciencia, la receptividad y el trabajo silencioso de practicar
Hay una frase que escucho a menudo en las primeras sesiones, unas veces dicha con humor y otras con un cansancio que no disimula nada: «Yo lo que quiero es dejar de sentirme así ya». Es una petición legítima. Nadie llega a terapia por gusto. Se llega porque algo duele lo bastante como para pedir ayuda, y cuando algo duele lo lógico es querer que pare.


Lo que me interesa no es esa urgencia, que es muy humana, sino lo que suele haber debajo. Con los años he visto que muchas personas traen una impaciencia de fondo que no nace en el momento de la crisis. Viene de antes. Es una manera de estar en la vida que espera respuestas rápidas de casi todo, y que rara vez se ve a sí misma. Nadie dice «quiero estar bien en tres semanas», pero muchos lo esperan, y cuando la tercera sesión no ha resuelto el insomnio o la angustia de los domingos por la tarde, algo empieza a desconfiar por dentro. Del proceso, de la terapeuta y, sobre todo, de uno mismo.


De esa impaciencia trata este artículo, y también de algo que va pegado a ella: la receptividad. La terapia ofrece dos clases de material. Uno es reflexivo y está hecho de argumentos, preguntas y maneras distintas de mirar lo que nos pasa. El otro es práctico: pautas y ejercicios para los momentos en que el cuerpo o la mente se desbordan. Ninguno de los dos sirve de mucho si la persona no está en condiciones de recibirlo. Y recibir, aunque lo parezca, no es lo mismo que escuchar.

Lo que el antibiótico nos enseñó

La medicina tiene, y lo digo entre comillas, una «ventaja» sobre la terapia. Si tengo una infección y me recetan un antibiótico, hay muchísimas probabilidades de que funcione y de que en pocos días note la diferencia. Si me duele la cabeza y tomo un analgésico, lo normal es que en media hora el dolor haya desaparecido. La mejoría es rápida, evidente y, lo más importante, no me pide nada a cambio. Basta con tragarse la pastilla.
Esa experiencia, repetida durante toda una vida, educa. Nos acostumbra a una relación muy concreta con el malestar: aparece un síntoma, alguien con conocimiento me da algo, yo lo tomo y el síntoma se va. Es un modelo eficaz para muchísimas cosas, y precisamente por eso lo trasladamos sin darnos cuenta a terrenos donde no sirve.

Todo lo que tiene que ver con el alma, con las emociones, los sentimientos y lo que solemos llamar el corazón funciona de otra manera. Es más lento, más delicado, y necesita que la propia persona se cuide en el proceso. La ansiedad no es una bacteria que se pueda eliminar. Es, en buena parte, un aprendizaje: una manera de interpretar lo que pasa, de anticipar peligros, de reaccionar con el cuerpo, que se ha ido consolidando durante años. Y lo que se aprende con años de repetición se modifica, también, con repetición. No hay atajo bioquímico para eso. Incluso cuando la medicación está indicada y ayuda, y a veces ayuda mucho, baja el volumen del síntoma, pero no le enseña a la persona a pensar de otro modo ni a relacionarse de otra forma con su miedo.

Si hubiera que buscar un pariente médico de la terapia, yo no elegiría la farmacia sino la rehabilitación. Nadie que se ha roto los ligamentos de la rodilla espera caminar con normalidad después de la primera sesión de fisioterapia. Sabe que habrá ejercicios aburridos, que tendrá que hacerlos en casa, que algunos días parecerá que no avanza y que el fisioterapeuta no puede hacerlos por él. Curiosamente, esa paciencia que aceptamos sin discutir para una rodilla nos cuesta muchísimo concederla a la mente.

Cuando alguien llega a consulta con la mentalidad del antibiótico, la terapia se le hace una montaña. No porque sea más difícil de lo que es, sino porque no se parece a lo que esperaba. Se impacienta, se pone de mal humor, a veces se agobia justamente por tener muchos recursos: los tiene desordenados, no recuerda cuál usar cuando llega la crisis, o los ha leído como quien lee un prospecto, sin haberlos practicado poco a poco y con cariño, que es la única forma en que acaban cambiando algo de la personalidad.

Entender una idea no es haberla integrado

En sesión ocurre algo muy frecuente. Le planteo a alguien que quizá su miedo a decir que no tiene menos que ver con el otro que con una creencia antigua, algo así como «si molesto, dejarán de quererme». La persona asiente. Lo entiende perfectamente, incluso añade un recuerdo de la infancia que lo confirma. A la semana siguiente vuelve y cuenta que ha vuelto a decir que sí a todo, exactamente igual que antes.
No hay mala fe en eso, ni falta de inteligencia. Hay una confusión entre comprender y cambiar. Comprender ocurre en un minuto; cambiar exige que esa idea nueva compita, una y otra vez, con otra que lleva décadas instalada y que se activa sola, sin pedir permiso. La creencia antigua tiene a su favor la costumbre, la velocidad y elcuerpo, que reacciona antes de que pensemos. La nueva solo tiene la voluntad de recordarla.

Por eso hablo de educación del pensamiento y no de «darse cuenta». Educar implica volver sobre lo mismo muchas veces. Revisar el sistema de creencias, conocer los argumentos que se trabajan en terapia hasta poder usarlos en la vida diaria, aprender a mirar la realidad de un modo más ajustado y menos amenazante. Y, en medio de todo eso, aprender a tolerar la frustración. Aquí hay una paradoja que me parece central: el proceso terapéutico exige justo la capacidad que pretende enseñar. Hay que tolerar la frustración de no mejorar deprisa para poder aprender, precisamente, a tolerar la frustración.

La receptividad, entonces, no consiste en estar de acuerdo. Una persona puede discutirme cada argumento y estar muy receptiva, porque lo está pensando de verdad. Lo contrario de la receptividad suele ser más silencioso. Tiene formas reconocibles:


Ninguna de estas frases es un problema en sí misma. Lo es cuando funcionan como una puerta que se cierra con suavidad. La idea entra, se reconoce como válida y se archiva, y la persona sale de la sesión con la sensación de haber aprendido algo que, en realidad, todavía no ha empezado a aprender.
Estar receptivo es dejar que una idea incomode un rato. Llevársela a casa, contrastarla con lo que pasa el martes en el trabajo o el sábado en la comida familiar, comprobar si se sostiene. Es un trabajo poco vistoso y bastante solitario, y ocurre sobre todo entre sesión y sesión.

Lo que se dice Lo que a veces significa
«Ya lo sé» Lo sé con la cabeza, así que no hace falta que me lo pregunte más
«Sí, pero en mi caso…» Mi situación es la excepción a lo que me estás explicando
«Tiene sentido» Me parece lógico, pero no pienso aplicarlo a mi vida
«Eso ya lo probé» Lo hice dos o tres veces y no me cambió nada

Ninguna de estas frases es un problema en sí misma. Lo es cuando funcionan como una puerta que se cierra con suavidad. La idea entra, se reconoce como válida y se archiva, y la persona sale de la sesión con la sensación de haber aprendido algo que, en realidad, todavía no ha empezado a aprender.


Estar receptivo es dejar que una idea incomode un rato. Llevársela a casa, contrastarla con lo que pasa el martes en el trabajo o el sábado en la comida familiar, comprobar si se sostiene. Es un trabajo poco vistoso y bastante solitario, y ocurre sobre todo entre sesión y sesión.

Los ejercicios y la desconfianza que no se dice

Con la parte práctica pasa algo distinto, más difícil de ver. Cuando propongo un ejercicio para el insomnio, para una crisis de ansiedad o para el impulso de revisar el cuerpo buscando síntomas, casi nadie muestra un escepticismo abierto. Al contrario: la persona toma nota, pregunta detalles, parece motivada. Pero en el fondo no acaba de creer que respirar de una determinada manera, escribir un pensamiento en un papel o levantarse de la cama cuando no llega el sueño vaya a cambiar algo que lleva meses o años haciéndole sufrir. Parece demasiado poco para un problema tan grande.


Esa desconfianza callada tiene consecuencias muy concretas. En consulta las veo agruparse en tres maneras de que un ejercicio deje de funcionar, que a veces se combinan en la misma persona:

Lo que ocurre Cómo suena por dentro Lo que suele haber debajo
Se practica al principio y luego se abandona «Ya estoy algo mejor, no hace falta» o «no me ha cambiado nada» La idea de que el ejercicio es un remedio puntual y no un entrenamiento
Se acumulan sin orden «Tengo un montón de cosas apuntadas y no sé cuál toca» No se ha entendido para qué sirve cada uno ni en qué momento usarlo
Da una pereza enorme «No quiero vivir pendiente de hacer ejercicios para estar bien» El deseo de que el bienestar llegue sin esfuerzo, y cierto enfado con la propia vulnerabilidad

El abandono temprano tiene una trampa casi perfecta. Muchas veces el ejercicio funciona un poco, la persona se encuentra algo mejor y lo deja, porque entiende que ya ha cumplido su función. Semanas después el malestar vuelve, como era previsible, y la conclusión que saca no es «lo dejé demasiado pronto», sino «esto no sirve».


El desorden es menos dramático pero igual de eficaz para que nada cambie. Después de unos meses de terapia una persona puede tener una técnica de respiración, un registro de pensamientos, una pauta para el sueño, un ejercicio de anclaje sensorial y una lista de preguntas para cuestionar sus anticipaciones. Si todo eso vive mezclado en el móvil o en una libreta sin criterio, en el momento de la crisis no sirve de nada. La crisis no es momento de consultar un índice. En ese instante solo está disponible lo que se ha practicado tanto que ya sale casi solo.

Y luego está la pereza, que merece un respeto especial porque es muy honesta. Es verdad que cansa tener que estar atento a uno mismo. Pero cuando la escucho con calma, a menudo descubro que no es pereza del ejercicio sino rechazo a la idea de necesitarlo: «Yo antes no necesitaba nada de esto». Ahí ya no estamos hablando de técnica, sino de aceptar que uno es una persona que, durante un tiempo, necesita cuidarse de una forma más deliberada.


Hay un detalle clínico que conviene tener claro. La mayoría de estos ejercicios no están pensados para usarse por primera vez en mitad de la tormenta. Se aprenden en calma, cuando no hacen falta, para que el cuerpo y la mente los tengan a mano cuando sí. Quien solo practica la respiración durante un ataque de pánico está intentando aprender algo en las peores condiciones posibles, y es lógico que le parezca inútil.

Cinco maneras de esperar el antibiótico

Los ejemplos que siguen no corresponden a personas concretas. Son composiciones hechas con rasgos que se repiten en consulta, con nombres inventados. Las he elegido porque en cada uno de estos cuadros la impaciencia toma una forma distinta, y conviene conocerla para no confundirla con otra cosa.


Crisis de pánico: cuando el ejercicio se usa para que desaparezca la sensación

Lucía tiene treinta y cuatro años y ha sufrido tres ataques de pánico en el metro. El corazón se dispara, le falta el aire, siente que se va a desmayar o algo peor. Trabajamos la respiración lenta, con la espiración más larga que la inspiración, y empezamos a entender qué le pasa al cuerpo durante una crisis. La primera semana lo practica cada noche. Se siente más tranquila. Deja de hacerlo. Al mes tiene otra crisis en el andén, respira como le enseñé y el corazón sigue acelerado. Llega a la sesión convencida de que la respiración con ella no funciona.


El malentendido es importante y no es solo de Lucía. En el pánico, el objetivo de los ejercicios no es que la sensación desaparezca de inmediato, sino dejar de tenerle miedo. El núcleo del trastorno es precisamente el miedo al propio miedo, esa lectura catastrófica de un corazón acelerado. Si la persona usa la respiración como un interruptor para apagar el síntoma, y el síntoma no se apaga en diez segundos, la alarma sube todavía más: «ni siquiera esto me funciona». La urgencia por eliminar la sensación alimenta justo aquello que mantiene el pánico vivo. El progreso real aquí es otro, y más lento: poder notar el corazón desbocado y pensar «es desagradable, no es peligroso», y seguir en el vagón.

Ansiedad: la preocupación que no acepta un horario

Andrés, cuarenta y siete años, se preocupa por todo. La salud de su madre, el trabajo, el dinero, si su hijo estará bien en la universidad. Le propongo reservar un rato cada tarde para preocuparse a conciencia, por escrito, y aplazar hasta entonces las preocupaciones que le asalten durante el día. Me mira con una sonrisa educada. Le parece absurdo programar la preocupación, y lo intenta a medias: unos días sí, otros no, a veces a la hora equivocada.


En la ansiedad generalizada la impaciencia suele estar camuflada de sensatez. La persona cree que preocuparse la protege, que si deja de darle vueltas algo malo pasará. Un ejercicio que le pide aplazar esa vigilancia toca una creencia muy profunda, y por eso lo hace con desgana. No es pereza: es que obedecerlo del todo le parece imprudente. Mientras eso no se hable abiertamente, el ejercicio se quedará en un trámite.

Estrés e insomnio: «encima tengo que acordarme de respirar»

Sergio dirige un equipo de quince personas y duerme mal desde hace un año. Se acuesta agotado y a la una de la madrugada está con los ojos abiertos repasando el día siguiente. Una de las pautas clásicas para el insomnio es levantarse si el sueño no llega en un rato razonable, hacer algo tranquilo con poca luz y volver a la cama solo cuando aparezca la somnolencia. A Sergio le parece una locura: «Si me levanto, dormiré todavía menos». No lo dice así en sesión. Lo dice después, cuando reconoce que no lo ha probado.


Con él aparece además la pereza en estado puro. Le sugiero pequeñas pausas de regulación a lo largo de la jornada y protesta: bastante tiene con todo lo que tiene. Lo interesante es que esa protesta es el mismo patrón que le ha traído hasta aquí. Vive con una exigencia tan alta que hasta el cuidado le parece una tarea más. Cuando lo ve, el ejercicio deja de ser una obligación añadida y empieza a ser una forma de desobedecer esa exigencia.

Pensamiento negativo: «ya sé lo que pienso, ¿para qué apuntarlo?»

Nuria tiende a leer cada situación por su peor lado. Un mensaje sin respuesta es un enfado, un comentario neutro de su jefa es una crítica, un plan que se cancela confirma que nadie cuenta con ella. Trabajamos con un registro: anotar la situación, el pensamiento automático, la emoción y una lectura alternativa más ajustada. Las dos primeras semanas lo hace con mucho cuidado, y le sorprende ver por escrito lo rápido que salta a la conclusión más dura. Luego lo deja. «Ya sé que pienso en negativo, no necesito apuntarlo.»


Saber que uno piensa así es un primer paso, pero no cambia el automático. El registro no sirve para descubrir el patrón, que se descubre pronto, sino para entrenar la segunda lectura hasta que llegue sola, sin papel. Eso pide semanas de repetición, muchas veces aburrida. Nuria abandonó justo cuando el ejercicio empezaba a hacer su verdadero trabajo.

Síndrome hipocondríaco: la tranquilidad que dura diez minutos

Ramón nota un pinchazo en el costado y en una hora ha leído en internet sobre seis enfermedades distintas. Se palpa, se mira, pide cita con el médico, se hace pruebas. Los resultados salen bien y respira aliviado, hasta que aparece otra sensación. La pauta que trabajamos va en contra de todo lo que el cuerpo le pide: no buscar en internet, no palparse, demorar la consulta médica cuando no hay señales objetivas de alarma, y anotar la sensación y el nivel de angustia en lugar de actuar sobre ellos.


Este es quizá el perfil donde la impaciencia se ve con más claridad, porque la comprobación es ya un intento de solución inmediata. Revisar calma en el acto, y por eso engancha. El ejercicio, en cambio, pide tolerar la incertidumbre sin resolverla, que es exactamente la capacidad que Ramón necesita desarrollar. Al principio, no comprobar dispara la angustia. Si en ese momento concluye que la pauta le hace sentir peor y la abandona, vuelve al círculo. Si aguanta, descubre algo que ninguna prueba médica le había enseñado: que la angustia sube, llega a un punto y baja sola.

Cuando la luz se enciende con la voz de otro

Hay una escena que se repite tanto que ya la espero. Una persona llega a sesión entusiasmada porque una amiga le ha contado que ha aprendido a respirar de una manera concreta cuando se agobia, o que se ha dado cuenta de que siempre se anticipa a lo peor. «Me ha abierto los ojos», me dice. Y lo que su amiga le ha contado es, casi palabra por palabra, lo que llevamos semanas trabajando juntas.

Lo mismo pasa con un reel de Instagram o con una de esas frases que circulan ahora por todas partes, escritas en letra bonita sobre un fondo de color. Alguien la lee y le parece una revelación, como si fuera la primera vez que escucha esa idea. Le suena tanto que siente que la frase la ha descubierto.No me parece un fenómeno trivial, ni lo cuento con fastidio. Dice cosas interesantes sobre cómo aprendemos. La frase ajena llega sin peso. No viene con la expectativa de tener que hacer algo, no es una tarea, no lleva detrás una relación terapéutica en la que uno se siente, de algún modo, evaluado. La amiga habla de igual a igual, y su experiencia es una prueba viva de que aquello funciona en alguien parecido a mí. El reel dura quince segundos y no pide nada. Es más fácil abrirse a una idea cuando no nos compromete.

Pero hay algo más, y es lo que más me interesa. Si esa frase enciende una luz es porque ya había algo preparado para encenderse. La persona la reconoce porque la ha oído antes, en consulta, aunque no le prestara la atención suficiente. El reel no descubre nada: recoge lo que la terapia había sembrado. Y el riesgo es atribuirle el mérito, quedarse esperando la siguiente frase brillante y no volver al trabajo que de verdad la sostiene.

Cuando alguien me trae uno de estos momentos, lo aprovecho. Le pregunto qué escuchó exactamente, por qué cree que esta vez le llegó y dónde estaba cuando se lo dijimos antes. A veces la respuesta es sencilla: «No estaba preparada para oírlo». Otras veces aparece algo más incómodo, una cierta resistencia a dejar que las cosas importantes vengan de dentro del proceso, como si aceptar que la terapia funciona obligara también a aceptar que hay que seguir haciéndola.

Educar la relación con la propia terapia

Creo que hay que tomarse en serio el proceso, y eso también se aprende. No hablo de solemnidad ni de disciplina rígida. Hablo de establecer con la terapia una relación parecida a la que tenemos con cualquier cosa que queremos aprender bien: un idioma, un instrumento, un oficio. Algunas ideas que comparto a menudo en consulta, y que pueden servir a quien esté en un proceso o pensando en empezarlo.


Cambiar la pregunta. «¿Esto funciona?» es una pregunta que se hace demasiado pronto. Una más útil sería: «¿Lo he practicado lo suficiente como para saberlo?». Casi siempre la respuesta honesta es que no.
Pocas herramientas, bien sabidas. Tener muchos recursos no protege si ninguno está aprendido. Prefiero que alguien domine dos ejercicios a que tenga diez apuntados. La calidad aquí depende de la repetición, no de la variedad.


Ordenar lo que se va aprendiendo. Ayuda mucho tener un solo lugar, una libreta o una nota en el móvil, donde cada ejercicio aparezca con tres datos: qué es, para qué sirve y en qué momento usarlo. Algo tan sencillo como esto:

Ejercicio Para qué sirve Cuándo lo uso
Respiración con espiración larga Bajar la activación del cuerpo A diario en calma, y al notar los primeros signos de agobio
Registro de pensamientos Entrenar una segunda lectura más ajustada Por la noche, sobre lo que me ha removido durante el día
Aplazar la preocupación Dejar de vigilar todo el día Cuando aparece una preocupación fuera del rato reservado
No comprobar el cuerpo Tolerar la incertidumbre Ante una sensación física sin señales objetivas de alarma

No hace falta que sea exhaustiva. Basta con que, en un momento de crisis, no haya que pensar.


Practicar cuando no hace falta. Es lo más difícil de aceptar y probablemente lo más decisivo. Un ejercicio que solo se usa en la tormenta nunca llega a aprenderse.

Medir el avance de otra manera. Si la única señal de mejora que aceptamos es que el malestar desaparezca, casi siempre parecerá que no avanzamos. En terapia los cambios suelen notarse antes en otros lugares:

Lo que se espera ver Lo que suele cambiar primero
Que no vuelva la crisis Que la crisis dure menos o sea menos intensa
No sentir ansiedad Asustarse menos de la propia ansiedad
No tener pensamientos negativos Reconocerlos más rápido y creerlos un poco menos
Dormir toda la noche Pasar menos tiempo en la cama peleando con el sueño
No preocuparse por la salud Comprobar menos y recuperar la calma antes

Llevar la desconfianza a la sesión. Si un ejercicio no convence, lo mejor que se puede hacer es decirlo. «No me lo creo» o «me da una pereza enorme» son frases muy valiosas en terapia, porque permiten trabajar lo que de verdad está frenando el proceso. Lo que no se dice, en cambio, actúa igual, solo que sin que nadie pueda hacer nada con ello.

Escuchar la pereza sin obedecerla del todo. La pereza tiene derecho a existir. Se puede hacer el ejercicio con pereza, a medias de ganas, sin entusiasmo. Muchas veces eso basta. La motivación no suele llegar antes de practicar sino después, cuando uno empieza a notar que algo se mueve.

Lo que no se puede tragar

Nada de lo que he escrito aquí es un reproche. La impaciencia es comprensible, la desconfianza también, y la pereza, ya lo he dicho, es casi siempre honesta. Las personas que llegan a consulta están cansadas de sufrir, y pedirles paciencia puede sonar a pedirles que sufran un poco más. No es eso.


Lo que intento transmitir es que la terapia no se toma como una pastilla. Se hace. Ocurre en la consulta, sí, pero sobre todo en los días que hay entre una sesión y otra, en el rato de respiración que nadie ve, en el pensamiento que alguien decide anotar aunque ya sepa lo que dice, en la comprobación que no se hace. Ahí, en esa repetición modesta y un poco tediosa, es donde una parte de la personalidad va cambiando de forma.


Y quizá la pregunta que vale la pena llevarse no es cuánto va a tardar, sino qué relación quiero tener con mi propio proceso mientras dura.

Artículo redactado por Carmen Boó.